martes, 18 de noviembre de 2014

                                                                   CUENTO
Parches y remiendos.

Francisco cogió en brazos a la más pequeña de sus tres hijas y la llevó hasta el cuarto. Luego repitió la misma acción con las dos mayores. Las niñas se habían quedado dormidas escuchando las historias que su padre les narraba sobre mares enfurecidos y valientes pescadores que desafiaban a las aguas más rebeldes para conseguir las capturas de la jornada que luego venderían en el pequeño puerto del poblado. Luego dio un cálido beso en los labios a su esposa y, como cada noche, se dirigió al embarcadero donde lo esperaba su bote, su viejo y cansado bote, con los aparejos listos para salir a la mar a faenar. Los pescadores acostumbraban a partir cuando las primeras luces del alba rasgaban el horizonte del mar de San Clemente del Tuyu, pero Francisco aprovechaba la tranquilidad de la noche para surcar la oscuridad de las aguas en busca de los peces noctámbulos, como solía llamarlos de forma chistosa.
                Al llegar al crujiente muelle de troncos, subió a su bote y encendió un par de farolas que situó en la popa y en la proa de la reducida embarcación. Luego desplegó una vela remendada y parcheada que iba unida a un delgado mástil hecho con madera de nogal. La quietud del agua del rio Sanborombon contagiaba serenidad y el pescador se sentó disfrutando unos “amargos” con unas tortitas que su mujer le había colocado en su mochila mientras disfrutaba de la tranquilidad que envolvía aquel momento. Esa noche la luna brillaba en su punto más gélido y las aguas se tornaban más claras que la rutina. Aunque se hubieran apagado las farolas, Francisco habría tenido suficiente luz para enhebrar los sedales en los anzuelos. Cuando las luces del pueblo ya apenas se vislumbraban en la lejana costa, el pescador echó una diminuta ancla por la borda y arrió la vela para detener la embarcación.
                La pesca se dio colosal. Los peces noctámbulos picaban una y otra vez mientras Francisco cantaba a la luna antiguas cantatas de su lejana Calabria, en las que agradecía que iluminara el firmamento haciendo que la pesca fuera abundantes. A menudo, Francisco, presumía ante sus hijas de la amistad que tenía con la luna y las estrellas por las noches y de cómo lo acompañaban y mantenían con él largas y entretenidas charlas. Las niñas reían y mostraban su asombro al imaginarse a su padre en pie sobre su bote conversando con la luna y las estrellas las cuestiones del día.
Pero aquella noche tenía reservada una desagradable sorpresa que Francisco no esperaba. Cuando las tres cestas que llevaba ya estaban a rebosar de peces y se disponía hacerse a vela para volver a puerto, un terrorífico trueno desgarró la serenidad de la noche. Sin apenas tiempo para reaccionar, un viento huracanado surgió desde las entrañas del mar apagando los dos faroles y unas amenazantes nubes debilitaron la luz de la luna. Todo quedó a oscuras mientras la pequeña embarcación comenzaba a dar fuertes zarandeos impulsados por las olas que se elevaban desafiantes. La cuerda que sujetaba el ancla se partió dejando el bote a la deriva empujado por un oleaje que cobraba intensidad según la tormenta se incrementaba con más fuerza. Los resplandores de rayos y relámpagos eran los encargados de iluminar un mar que no ofrecía esperanza alguna al intrépido pescador. Francisco se agarraba con fuerza a su embarcación, que una y otra vez desaparecía tras las embestidas de las olas. Los cestos con la  pesca que había conseguido desaparecieron en las iracundas aguas que habían enfurecido como reclamando lo que le pertenecía. Francisco pensó que aquel sería su final. Totalmente mojado, asustado e incapaz de contener el temblor de su cuerpo, el pescador permanecía recostado esperando que una de aquellas olas hiciera hundir la embarcación. En sus pensamientos su mujer y sus tres hijas. ¿Qué serían de ellas, de qué vivirían si moría? Justo antes de que Francisco cerrara los ojos para darse por vencido al infortunio de su destino, pudo observar en lo alto a su amiga, la luna, que intentaba abrirse un hueco entre aquellos nubarrones tormentosos.
                A la mañana siguiente todos los habitantes del pueblo recorrían la costa en busca de los restos del bote de Francisco. La tormenta que había descargado la noche anterior había sido la más fuerte de los últimos años y ninguna embarcación podría haber resistido aquella tempestad, y mucho menos un pequeño bote de pescador impulsado por una vela remendada y emparchada. La esposa y las tres hijas de Francisco permanecían sentadas y abrazadas sobre la arena de la playa. Todo presagiaba un fatal desenlace. El día paso y la noche, clara y despejada, volvió a hilar su manto sobre el horizonte. Todos los del pueblo regresaban a sus casas entristecidos y convencidos de la muerte de Francisco. Sólo su mujer y sus tres pequeñas, deseosas de volver a escuchar una de las historias de su amado padre, permanecían en la playa sujeta a la última luz de esperanza que nunca abandona al ser humano y deseosa de que la luna y las estrellas, las grandes aliadas de su padre, de su marido, lo arrastrara salvo de regreso a sus brazos...
... Y ¿por qué no? Al fin y al cabo, ¿qué sería de esta historia sin un final feliz?...

                ...Cuando el cansancio y la pesadumbre se iban apoderando de la familia de Francisco, la luna reflejó sobre las aguas un pequeño bote, maltrecho, sin vela que se dirigía hacia la orilla con un mástil despedazado y con la figura de un pescador que, exhausto y quejumbroso, permanecía en pie en la proa del bote. Cuando el bote encalló en la arena, las tres pequeñas corrieron a los brazos de su angustiado padre que se revolcó con ellas en la misma playa llorando y riendo. Luego se fundió en un apasionado beso con su esposa y juntos, los cinco, se dirigieron hacia su casa, donde sin duda habría mucho que contar.
                Un poco antes de abandonar la playa, Francisco se voltio mirando a su viejo bote y le murmuro, _ Aquí te quedas viejo amigo, descansa en paz…_


18/11/2014                                                        Jorge Emilio Rios Z.


                                      Agradecimiento a: Daniel Ziccini por el aporte de la foto de ilustración, gracias amigo.