CUENTO
de HALLOWEEN
¡SILENCIO, HOSPITAL!
AL
DESPERTAR sobre aquella cama en el hospital, lo primero que vino a mi mente fue
el coche negro apareciendo de súbito en la esquina, y mi moto chocando y
estallando en llamas cerca de una farola de la luz. Recordé las interminables
volteretas en el aire y finalmente el doloroso choque contra el asfalto frio y mojado.
Luego, la oscuridad total.
Me incorporé de la cama y miré hacia mis
piernas. Esperaba encontrar mi cuerpo cubierto de escayola, pero me sorprendió
descubrir que ni siquiera tenía una venda en el brazo. Había salido
milagrosamente ileso del accidente, y apenas si me dolía la cabeza, aunque me
sentía muy mareado. Giré la vista hacia la ventana; pese a que las gruesas
cortinas estaban cerradas supuse que debía ser de noche, porque el hospital
estaba en calma y no se escuchaba el bullicio habitual de un sanatorio durante
las horas matinales.
-Parece que fue un accidente con suerte-
dijo una voz a mi derecha. Miré en esa dirección, y vi a un anciano recostado
en la cama vecina, que leía un libro. Le dije que sí, que probablemente así
había sido, y luego le pregunté si sabía cómo llamar a las enfermeras.
-Tiene un timbre ahí al costado- dijo el
viejo, con gestos sorprendidos-. ¿Acaso le duele algo?
-No, pero tengo sed. Mucha sed. ¿Hace
mucho que estoy aquí?
-No tengo idea, amigo. A mí me trajeron
esta mañana, y usted ya estaba en la sala.
Toqué timbre varias veces, pero la
enfermera nunca apareció. De verdad me moría de sed, así que me levanté y me
metí al baño y tomé agua del grifo. Cuando regresé, el viejo parecía dormido y
su cuerpo flotaba, como un globo, a unos cuarenta centímetros de la cama.
Comenzó a convulsionar, y cuando abrió los ojos vi que los tenía en sangre y su
rostro hacía muecas de dolor o sufrimiento. Salí de la habitación y cerré la
puerta detrás de mí, con el corazón enloquecido en mi pecho. En ese momento,
por el largo pasillo del pabellón, un paciente caminaba apoyado en un trípode.
Tenía la bata abierta y había cosas que se movían en su espalda; volteó para
mirarme, y su rostro era un cráneo sin ojos. Corrí en dirección opuesta y me
encontré con la sala de enfermeras al final del pasillo. No había nadie allí,
aunque me llamó la atención que el lugar estuviese tan sucio y desordenado,
como si no se usara durante años. Algunos azulejos habían caído de las paredes
y el mueble del escritorio estaba cubierto de polvo y de trozos de mampostería
desprendidos del techo. Ante mi desconcertada mirada, el lugar se fue haciendo
más y más viejo, las paredes se fueron cubriendo de moho, las luces del techo
titilaron y luego se apagaron, más trozos de mampostería cayeron y algunos cristales
de los ventanales estallaron hacia adentro con un estridente chirrido. Seguí
corriendo y me encontré con una escalera: la bajé a toda prisa mientras
percibía que el hospital entero temblaba sobre sus cimientos, como si fuera a
desplomarse de un momento a otro. Finalmente encontré la salida y me abalancé
sobre ella. Corrí unos metros en la noche y luego me detuve y miré hacia atrás,
pero mi sorpresa fue completa al descubrir que allí no había ningún hospital,
sólo un terreno cubierto de pastizales tan altos como sus muros.
Caminé unos pasos por la calle desierta,
sin saber qué hacer. Enseguida me encontré con el vigilante del barrio que
refugiado en su garita trataba de encender un cigarrillo.
-Hombre, no sabe lo que acabo de ver- le
dije con voz temblorosa. El vigilante no me prestó atención, por lo que seguí
caminando. Dos calles más adelante me topé con un grupo de personas reunido en
la esquina. Cuando me arrimé vi el coche negro destrozado, y mi motocicleta
hecha un amasijo de hierros retorcidos en la acera. Había un cuerpo inerte
sobre una camilla, bañado por las luces intermitentes de la ambulancia. Me
acerqué a tiempo para contemplar mi propio rostro ensangrentado y desfigurado,
los ojos ya sin vida, antes de que uno de los paramédicos lo cubriera con una
sábana.
31 de
Octubre de 2015 Jorge
Emilio Rios Z
