Porque me gusta el café…
Hace
ya un par de semanas me estaba preguntando cuándo había surgido mi pasión por
el café, cuál había sido el hito iniciático. Mi mente buscó y recordó un
momento fugaz, fuerte y sentido. Justo ayer, en una charla con mi hija, me hiso
la misma pregunta y volví a narrarle. Cuando esta mañana me desperté
tuve la necesidad de escribirlo. Y aunque la anécdota se trate de un instante
breve, carente de desarrollo y colorido, me dispuse a hacerlo. Al darme cuenta
que hoy, es el día en que conocí a mi amigo Carlos. Los recuerdos se presentan
de maneras inexplicables.
Por ese entonces yo era un adolescente recién llegado del Partido
de la Costa a la gran Capital para cursar mi primer año en El Colegio Militar
de la Nación. Carlos, porteño, hombre de café (supe después) era quince años
mayor. Nos había relacionado mi carrera militar. Era mi instructor. Un
auténtico oficial y maestro. Al poco tiempo las afinidades tendieron puentes
que estrecharon la diferencia generacional y nos hicimos grandes amigos. La
anécdota menor, el hito fugaz, el instante descolorido, pero determinante en mi
historia personal, sucedió una media mañana muy calurosa de Enero en Buenos
Aires. Los datos precisos los tengo borrosos. Y en verdad
son prescindibles. No sé por qué estábamos juntos ni hacia dónde íbamos.
Sospecho que estaríamos camino por la peatonal Florida. Algunas veces Carlos,
que vivía en la zona céntrica de la ciudad, me pasaba a buscar por el cuartel y
caminábamos, entre largar charlas.
El asunto es que entramos
a un café. Repito, no recuerdo cuál. Porque de pronto el recuerdo se convierte
en un primer plano de una barra. Todo lo demás, mesas, sillas, espejos,
artefactos de iluminación, quedan fuera de cuadro. El cuento trasciende al
café, el barrio o su estilo. Sí recuerdo un detalle indispensable en
el guion: el sofocante calor húmedo porteño. Acción. Entonces estábamos parados
en la barra. Seguramente para pedir algo rápido, al paso. El mozo nos pregunta
qué tomamos, agua,
dije yo, café americano,
dijo Carlos trazando con una línea imaginaria que dividió aquel momento en dos
mundos. Cuando el mozo nos deja solos le pregunto, con mi inconsciente juventud
a cuestas, cómo podes pedir un café con el
calor que hace? Carlos me observó en silencio por varios segundos, con esa
mirada que los buenos oficiales sostienen para darse a entender… y comprendí
todo.
_A
mí querido amigo e instructor Carlos W.
05/12/2014 Jorge Emilio Rios Z.
