CUENTO
Parches y remiendos.
Francisco cogió en brazos a
la más pequeña de sus tres hijas y la llevó hasta el cuarto. Luego repitió la
misma acción con las dos mayores. Las niñas se habían quedado dormidas
escuchando las historias que su padre les narraba sobre mares enfurecidos y valientes
pescadores que desafiaban a las aguas más rebeldes para conseguir las capturas
de la jornada que luego venderían en el pequeño puerto del poblado. Luego dio
un cálido beso en los labios a su esposa y, como cada noche, se dirigió al
embarcadero donde lo esperaba su bote, su viejo y cansado bote, con los
aparejos listos para salir a la mar a faenar. Los pescadores acostumbraban a
partir cuando las primeras luces del alba rasgaban el horizonte del mar de San
Clemente del Tuyu, pero Francisco aprovechaba la tranquilidad de la noche para
surcar la oscuridad de las aguas en busca de los peces noctámbulos, como solía
llamarlos de forma chistosa.
Al llegar al crujiente muelle
de troncos, subió a su bote y encendió un par de farolas que situó en la popa y
en la proa de la reducida embarcación. Luego desplegó una vela remendada y parcheada
que iba unida a un delgado mástil hecho con madera de nogal. La quietud del agua
del rio Sanborombon contagiaba serenidad y el pescador se sentó disfrutando
unos “amargos” con unas tortitas que su mujer le había colocado en su mochila mientras
disfrutaba de la tranquilidad que envolvía aquel momento. Esa noche la luna
brillaba en su punto más gélido y las aguas se tornaban más claras que la rutina.
Aunque se hubieran apagado las farolas, Francisco habría tenido suficiente luz
para enhebrar los sedales en los anzuelos. Cuando las luces del pueblo ya
apenas se vislumbraban en la lejana costa, el pescador echó una diminuta ancla
por la borda y arrió la vela para detener la embarcación.
La pesca se dio colosal. Los
peces noctámbulos picaban una y otra vez mientras Francisco cantaba a la luna antiguas
cantatas de su lejana Calabria, en las que agradecía que iluminara el firmamento
haciendo que la pesca fuera abundantes. A menudo, Francisco, presumía ante sus
hijas de la amistad que tenía con la luna y las estrellas por las noches y de
cómo lo acompañaban y mantenían con él largas y entretenidas charlas. Las niñas
reían y mostraban su asombro al imaginarse a su padre en pie sobre su bote conversando
con la luna y las estrellas las cuestiones del día.
Pero aquella noche tenía
reservada una desagradable sorpresa que Francisco no esperaba. Cuando las tres cestas
que llevaba ya estaban a rebosar de peces y se disponía hacerse a vela para
volver a puerto, un terrorífico trueno desgarró la serenidad de la noche. Sin
apenas tiempo para reaccionar, un viento huracanado surgió desde las entrañas
del mar apagando los dos faroles y unas amenazantes nubes debilitaron la luz de
la luna. Todo quedó a oscuras mientras la pequeña embarcación comenzaba a dar fuertes
zarandeos impulsados por las olas que se elevaban desafiantes. La cuerda que
sujetaba el ancla se partió dejando el bote a la deriva empujado por un oleaje
que cobraba intensidad según la tormenta se incrementaba con más fuerza. Los resplandores
de rayos y relámpagos eran los encargados de iluminar un mar que no ofrecía
esperanza alguna al intrépido pescador. Francisco se agarraba con fuerza a su embarcación,
que una y otra vez desaparecía tras las embestidas de las olas. Los cestos con
la pesca que había conseguido
desaparecieron en las iracundas aguas que habían enfurecido como reclamando lo
que le pertenecía. Francisco pensó que aquel sería su final. Totalmente mojado,
asustado e incapaz de contener el temblor de su cuerpo, el pescador permanecía
recostado esperando que una de aquellas olas hiciera hundir la embarcación. En
sus pensamientos su mujer y sus tres hijas. ¿Qué serían de ellas, de qué vivirían
si moría? Justo antes de que Francisco cerrara los ojos para darse por vencido
al infortunio de su destino, pudo observar en lo alto a su amiga, la luna, que
intentaba abrirse un hueco entre aquellos nubarrones tormentosos.
A la mañana siguiente todos los
habitantes del pueblo recorrían la costa en busca de los restos del bote de Francisco.
La tormenta que había descargado la noche anterior había sido la más fuerte de
los últimos años y ninguna embarcación podría haber resistido aquella tempestad,
y mucho menos un pequeño bote de pescador impulsado por una vela remendada y emparchada.
La esposa y las tres hijas de Francisco permanecían sentadas y abrazadas sobre
la arena de la playa. Todo presagiaba un fatal desenlace. El día paso y la
noche, clara y despejada, volvió a hilar su manto sobre el horizonte. Todos los
del pueblo regresaban a sus casas entristecidos y convencidos de la muerte de Francisco.
Sólo su mujer y sus tres pequeñas, deseosas de volver a escuchar una de las
historias de su amado padre, permanecían en la playa sujeta a la última luz de
esperanza que nunca abandona al ser humano y deseosa de que la luna y las
estrellas, las grandes aliadas de su padre, de su marido, lo arrastrara salvo de
regreso a sus brazos...
... Y ¿por qué no? Al fin y
al cabo, ¿qué sería de esta historia sin un final feliz?...
...Cuando el cansancio y la pesadumbre
se iban apoderando de la familia de Francisco, la luna reflejó sobre las aguas
un pequeño bote, maltrecho, sin vela que se dirigía hacia la orilla con un
mástil despedazado y con la figura de un pescador que, exhausto y quejumbroso,
permanecía en pie en la proa del bote. Cuando el bote encalló en la arena, las
tres pequeñas corrieron a los brazos de su angustiado padre que se revolcó con
ellas en la misma playa llorando y riendo. Luego se fundió en un apasionado
beso con su esposa y juntos, los cinco, se dirigieron hacia su casa, donde sin
duda habría mucho que contar.
Un poco antes de abandonar la
playa, Francisco se voltio mirando a su viejo bote y le murmuro, _ Aquí te
quedas viejo amigo, descansa en paz…_
18/11/2014
Jorge Emilio Rios Z.
Agradecimiento
a: Daniel Ziccini por el aporte de la foto de ilustración, gracias amigo.