CARTA A
VANINA.
Un día, el
mundo nos entregó una joven vida; nos dejó dibujado un sueño en el pecho, un
incompleto sueño, desprovisto de arquitectos y libretistas.
El mundo en
realidad era muy viejo, cuando tú y yo éramos jóvenes.
Y echamos
andar, aunque éramos muy débiles y poquita cosa, entre las garras de seres que
se avergonzaban de nuestro amor.
Seres que
jamás se animaron a comprendernos, que malgastaron sus
Fuerzas,
talando cada árbol que sembrábamos, cuando nuestros castillos de arena eran más
débil aún que nosotros mismos, y nos levantábamos como podíamos para sujetar el
mar amargo.
En la
historia de aquellos miedos, incluso en aquellos infiernos vaciados; donde
nadie, salvo tú, comprendiste toda la verdad que había y hay en este amor que te
he ofrecido.
Fuera de ti,
¿Quién podría entenderlo?
Dime, ¿Quién,
comprenderá?
Las fuerzas
para echar raíces y al fin encontrar mil cosas en común,
Y al fin, un
acuerdo, que nos permita mostrarnos como arquitectos.
Y ahora yo
poder escribir sin riesgos, y tú, también sin riesgos, poder leerme.
Sé que aun a
nuestro alrededor retozan viejos murmullos ponzoñosos, ya sin frescura: como
tantos caminos vírgenes ante nuestra madura vida y hasta el final.
Con los
cimientos reforzados en nuestros castrillos de arena, porque ya no somos
poquita cosa entre las garras de los que no saben comprender la simple imagen
del HIPOCAMPO…
P/D:
Hipocampo, si te desprendes muero…
08 de Mayo
de 2015 Jorge
Emilio Rios Z.

No hay comentarios:
Publicar un comentario