Relato de un diciembre.
Recuerdo el poderoso tintineo de
una aparición soberana el día que te vi por primera vez, incluso los momentos
previos como antesala de lo que estaba por venir. Aquella había sido una milagrosa
noche entre dos seres heridos con las dagas del desamor.
Diciembre estaba agonizando y yo
caminaba tomado de tus manos por las calles de una ciudad que pedía a gritos un
momento de silencio y un beso...
En medio de tanta gente que
deambulaba a paso ligero, con bolsas y regalos, nadie reparaba en ambos, como
tampoco, ambos logramos hoy recordar un solo rostro de los cientos con los que nos
cruzamos. Pasear por esas calles era paradójicamente ser consciente de que
nuestras propia soledades estaban rodeadas de gente, una marabunta anónima y
pálida, como las luces debilitadas que se reflejaban en los charcos que la
lluvia de las primeras horas de la madrugada había creado, como por arte de
magia; Madrugada complacida de aportar su dosis de romanticismo y melancolía,
porque la lluvia olía a deseos de amar y ser amado.
Tras su paso, el amanecer se llenó
de una gran abundancia, como si todo lo que despertaba se iba tras nuestro,
igual que el verano va tras la primavera.
Recuerdo que desde ese instante fuiste
mía…
05 de junio de 2015 Jorge Emilio Rios Z.
P/D: A Carla Vanina Morrone

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