miércoles, 28 de octubre de 2015

        Cuento de Halloween…


                             Hogar de ancianos.


Hacía rato ya que la anciana parecía no recibir visita alguna. Todas las tardes, al regresar del trabajo la veía andar en un eterno vaivén luchando contra su pierna derecha (a la cual parecía haberle caído mucho más pesados los años que al resto de su cuerpo).
_Si es verdad lo que dicen_, que la vida es el uso del tiempo y el tiempo, el sicario de la vida, aquella vecina mía (la inquilina solitaria de la casa de ancianos) debía encontrarse en algún estado de resignación. La mujer se  pasaba mirando la calle desde el patio interior o por la ventana sin importar la hora del día. Es más, recuerdo haberla encontrado asomada frente a las rejas que separan la calle una noche en pleno otoño mientras paseaba mi perro. Estaba ahí, mirándome fijamente; me quede helado, paralizado, me sentí como un ciervo a punto de ser devorado por un león. Aquellos ojos desprovistos de humanidad alguna, me dieron la bienvenida a cientos de noches de insomnio y pesadillas.
Fue extraño aquel temor, siempre la había visto como una ancianita inocente, pero ese miedo resultaba muy cierto y real pese a que bien hubiese deseado que fuera un mal sueño.
Pasados algunos días, decidí enfrentarme a “mi imaginación” y romper la brecha de mis miedos llevándole un pastel de manzana con el propósito de  tomar juntos él te en el jardín; a ver si, quizás, detrás de aquel ser resignado y espectral se hallaba una dulce ancianita.
Hubiese querido dar la vuelta de regreso a casa en el momento en que noté que la temperatura descendía al traspasar el umbral de la decrépita casa de ancianos, pero ya era tarde, mi mano había golpeado su puerta. Se aceleró mi pulso viendo arrimarse los fríos y grises ojos manchados, percibí entonces la falta de algo importante en ese ser, algo básico reemplazado por instintos inhumanos.
-No!- respondió de antemano a la propuesta, como leyendo mi mente.
-¿Por qué esta sola?- mis labios se movieron por sí solos como si una fuerza ajena los controlara.
-Soy viuda- gruñó.
-¿Por qué murió su esposo?- pregunté también de forma involuntaria.
-Se acabó la pasión, me aburrí de él- 
-¿Pero, por qué?-la curiosidad me invadió y no pude evitarlo.
-Por la misma razón por la que no acepto visita alguna y no como pasteles de manzana- un silencio sepulcral resonó en el ambiente y pronuncio guturalmente lo siguiente:
_Me gusta la carne_, liberó entonces en un aliento putrefacto de caninos largos y me cerró la puerta en la cara.


29 de Octubre de 2015                      Jorge Emilio Rios Z.









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