sábado, 10 de mayo de 2014


DILOGIA.
“Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza realmente, hasta el día que te vi por primera vez”.
Sin quererme embozar en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro y gozo y temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega carta de ella,
Y me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un universo insoportable de sal y de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender, siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en ella sabiendo que hay distancia entre su alma y mi espíritu, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales de campanas de latidos con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aun así me grabo el rostro de tu cara en la mente, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a que seas un simple sueño, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal del gozo romper en gritos, una y otra vez…

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