Café con
aroma de mujer.
El olor
a tarde seca se desprende del viento que entra por mi ventana, siendo así la calma
en la serena siesta, no puedo evitar distinguirlo como un aroma común que se oculta
entre otros ocasos, soñando ser
diferente.
Y la
música en aire fresco, se vuelve eco infinito en mis pensamientos.
La
tetera está hirviendo en la cocina. Los pájaros no cantan, el tiempo se detiene
llevándome a un horizonte sin comienzo ni final. Sólo un segmento de un perpetuo
instante que se esconde entre las hojas de una niebla doradamente verde con
ramas señalando un nuevo rumbo, o uno conocido, quizás. Allí están ellos,
postes sembrados a los costados del camino, tan desordenados que hacen parecer
que en el fondo tienen una estructura no tan frágil, un escenario perfecto que
hacen tan irónicos a estos caminantes eternos mimetizados con el paisaje.
Desde
mis ojos se escapa un sueño…
En
resumen, una tarde como otras en las cuales decido contar una porción de mi
vida para que no parezca una de tantas, sino que la combino con el áspero y
dulce sentimiento de alegría ciega a lo desconocido, a un libro recién empezado,
a un poema virgen de sentimientos.
La
música del aire sigue y mis sueños vuelan.
Para mí,
hacer un café es un arte. Cada uno tiene su estilo, sabor y delicadeza a la
hora de prepararlo. Hacerlo apurado, es un poema con sentimientos, un relato de
existencia generosa, una palabra escrita a tiempo.
Una
falta de respeto, implica no saborear lo que podría ser la última taza de
nostalgia enriquecida con el sabor de conquistar al leyente de mis horizontes.
La
melodía del aire sigue... Pero al hacer uno con extrema tranquilidad se puede
notar al tomarlo, escasos segundos de satisfacción mezclados con una imagen de
blanco paisaje. Tres de azúcar son las letras, dos del amargo grano son las
palabras, el agua caliente el argumento y
para calmar un chorro blanco de leche fría el cual se combina con lo oscuro,
suavizando el paisaje negro áspero de la tinta, que tallan los sentimientos expuestos.
Si
tuviera que elegir un objeto en la vida que me refleje sería el café. No porque
esté obsesionado, sino porque me genera paz y melancolía.
En
cierto modo cómico se parece mucho en color a mis gustos favoritos de exquisitos
bombones Suizos. Entonces se podría decir que me asemejo con una variable de
sabores, volviendo a lo abstracto,
podría contar una de las cuantas historias que tengo acerca de las múltiples
personalidades que conozco a las cuales no pienso dar nombres. Es más, voy a
agregar a esto los distintos lugares que no quiero olvidarme en el transcurso
de mi vida. Lugares que llenan el vacío del alma, lugares en los que me veo
reflejado o veo reflejadas cosas que la gente normal pasa por alto.
Esto
pasó en mis sueños despiertos. Me hace acordar a la foto de fondo que nombré
anteriormente en algún escrito. Un bulevar con bellos árboles, un tren que
pasaba cada día, me acuerdo su ruido afanoso y sofocante pero al pasar el
tiempo viviendo ahí cercano a las vías, se volvía costumbre.
Bueno...
Adultos
adolescentes, borrachos de sueños, indecisos lectores, poetas triviales,
bohemios anónimos. Lo que quiero tratar de entender es una incógnita entre esas
tardes y darle un significado más abierto, positivo o negativo a mis sueños de negligente
y vulgar poeta.
_Creo que
no debo escribir al paisaje de la mujer_, apenas entendía el significado del
amor desvanecido en la belleza marchita de un olvido, metido en ese sentimiento
de conformidad para seguir escribiendo, y que poco a poco voy entendiendo su paisaje.
Hay
gente que cree en el amor a primera vista, y quizás, solo quizás puedan entender
lo doloroso y asfixiante del saber que no sabes nada de ese alguien a quien
conociste en breves instantes, en un sueño despierto, y a quien por alguna razón
hace generar esa expresión de mascar lo agridulce.
Tocan el timbre...
Quizás,
solo quizás sea hora de despertar…
23
de Noviembre de 2015 Jorge Emilio Rios Z.
P/D:
Dedicado a la ventana de mi vida, a tu amor por mí y a lo reciproco…